Nicaragua única, recuerdos que no se irán.
Eramos hijos amados y cuidados por una madre única, ejemplar y guerrera. Cada vez que pienso en ella, se viene aquel recuerdo, cuando corriamos por nuestras vidas, por la calle que se dirigía a la quinta el Tamarindo, mi memoria sensorial no me falla. Agarrados los 5 chigūines de su enaguas blanca, perfumada y suave. Corriamos sin mirar atrás dejabamos por un instante la casa cerca del puente de Sébaco, huíamos del peligro eminente, del ruido de los aviones de Somoza que escupian morteros, bombas sin cesar.
Corriamos con fe, con seguridad de estar bajo sus alas angelicales, oportunas, simbolizadas, divinas, mis pizadas pequeñas me cansaban, sin aliento, con mariposas en el estómago ví pasar al madroño, a los campos llenos de trigo de guerra.
Cuándo llegamos a la quinta cerca del cementerio, estaba la pila de cemento con olor a hierro de carreta destruida. Sin alma en el cuerpo, solo nos tocaba mirar como otro avión botaba barriles cargados de explosivos, que detonaban cerca, tal vez en una casa vacia o tal vez llena de refrugiados.
Ese recuerdo se presenta en mi vida, me acompaña en noches cuando mi cerebro adormese, marcado por una memoria de siempre. Entre el dolor, la nostalgia y la ternura, recuerdo a mi madre, su paz, su compañia, su cuidado, y su luz tuene me inunda y me duermo...
Dra. Estrella Luz Peña Ruiz
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